
Hay algo desconcertante en el momento en que lo que siempre te sostuvo deja de hacerlo.
No suele suceder de golpe. No hay una explosión evidente. Es más bien una sensación gradual.
El trabajo que antes te motivaba empieza a sentirse estrecho. No te acaba de gustar, pierde su sentido, te aburres. Incluso lo acabas detestando.
Los amigos que antes disfrutabas se vuelven aburridos para ti. Y muchas veces las conversaciones son tan sosas e insulsas, que simplemente no quedas.
La relación que parecía estable y satisfactoria empieza a sentirse distante. Y a veces sientes que incluso ha desaparecido el amor.
Cuando nos encontramos en un momento así, lo primero que solemos hacer es intentar reparar lo que está cambiando, para que todo sea igual que antes —nos esforzarnos más, intentamos ser más comprensivas, más cariñosas, (re)enamorarnos, o auto-motivarnos.
Pero el problema no es falta de esfuerzo.
Es que una etapa interna se está cerrando.
La vida funciona por tramos.
Hay momentos para construir.
Momentos para consolidar.
Y momentos para transformar.
Cuando una estructura interna ya ha cumplido su función, empieza a debilitarse. No porque esté mal, sino porque tú ya no eres la misma.
La dificultad es que solemos confundir transición con fracaso: pensamos que si algo deja de sostenernos es porque hicimos algo mal.
Y no siempre es así: a veces simplemente has crecido y el entorno que encajaba con tu versión anterior ya no corresponde a la nueva.
El desgaste aparece cuando intentas permanecer en un lugar que ya no te pertenece, ni refleja tu etapa actual.
Y es entonces cuando empiezas a sentirte irritable, cansada, vacía, desconectada.
No es depresión necesariamente. Es desalineación.
Y la desalineación no se corrige con fuerza de voluntad. Se corrige con comprensión.
Comprender qué función cumple esta etapa, qué quieres aprender e integrar, y qué es lo que ya no necesitas sostener porque tiene que transformarse.
Cerrar un tramo no es abandonar tu vida. Es actualizarla.
Y en ocasiones actualizar duele un poco, porque implica reconocer que la versión anterior de ti ya no encaja en el lugar en el que estás.
Si algo que antes te sostenía ya no lo hace, no te apresures a repararlo. Pregúntate: ¿Quién estoy siendo ahora que ya no soy la misma?
Ahí empieza la Dirección.